Cada lunes, la primera semana de cada mes, espiaba desde la esquina de Villaloro y Azcuciénaga. A las 8 de la mañana en punto estacionaba con mi Renault 19, reliquia de fines del siglo XX, azul, ‘impecable’ si lo tuviera que vender, puesto a Remis, fácilmente identificable por el cartelito luminoso, por las noches, que decía: “Remis 904”, trucho por supuesto. Una vez me crucé con el verdadero, el tipo ni se dio cuenta, nadie se da cuenta. Sólo se mira el interés, el resto ni de adorno. Eso nos viene de la cultura de ganar o perder. Esta humanidad que somos, tanto ha concentrado sus sentidos en la ganancia que... seguila en: Novela: Que nadie lo nombre.
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