lunes, 12 de diciembre de 2011

Nuevo término para la enciclopedia de la indignación: acaparamiento de tierras


Por Vicent Boix
-Investigador asociado de la Cátedra “Tierra Ciudadana - Fondation Charles Léopold Mayer” de la Universitat Politècnica de València. Autor del libro El parque de las hamacas. Artículo de la serie “Crisis Agroalimentaria”, ver más aquí-
22 de noviembre de 2011
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En tiempos de crisis, la agricultura y la alimentación se están consolidando como uno de los negocios más lucrativos… no para agricultores o consumidores sino para transnacionales e inversionistas. El motivo es sencillo: una familia puede dejar de pagar la hipoteca pero siempre tendrá que comer. Ya desde hace décadas que la cadena alimentaria (semillas, agroquímicos, distribución, etc.) estaba “oligopolizada” y en manos de unas pocas transnacionales que se están lucrando a toda costa.
Pero a principios de siglo, a raíz de la “burbuja de las punto.com”, el capital financiero empezó a moverse buscando inversiones seguras y aterrizó en el mercado de futuros (alimentación, petróleo, etc.).Si en el año 2000 los activos financieros en éste oscilaban los 5.000 millones de dólares, en 2011 treparon hasta los 450.000. Para ellos un gran negocio, ya que por ejemplo el grupo de inversión Goldman Sachs ganó más de 5.000 millones de dólares en 2009 especulando en materias primas, lo que supuso un tercio de sus beneficios netos. Pero, para el resto, una gran chanchada: Los precios de los alimentos se multiplicaron por 2,5 desde 2000, se oscila el umbral de los 1.000 millones de famélicos y en estos momentos en el Cuerno de África 12 millones de personas sufren una cruel hambruna.

La cosa no ha quedado ahí. Esta vez el capital está metiendo sus garras en lo más importante de la cadena alimentaria: la tierra. Porque millones de campesinos eluden la agricultura ecológicamente insostenible enfocada a la exportación, de la misma manera que millones de consumidores adquieren en los mercados locales o directamente del productor sus alimentos sanos y de temporada. Para mantener estos canales ecológica y socialmente sostenibles sólo hace falta la tierra.
Pero el incremento de los precios de la alimentación en los mercados de materias primas, la posibilidad de especular en la compraventa de tierra, la creciente demanda de alimentos y la importancia estratégica de los agrocombustibles para el futuro energético en los países ecológicamente derrochadores, está alimentando la voracidad de inversores que ansían controlar la producción de alimentos y materias primas. En la última década millones de hectáreas han sido arrendadas o vendidas en los países empobrecidos, fundamentalmente en África. En algunos casos son gobiernos que adquieren tierras en otro estado para garantizarse su suministro futuro. Pero en la mayoría se trata de empresas e inversionistas que pretenden producir alimentos y sobre todo agrocombustibles, en ambos casos para exportar a los países ricos especialmente.  
Según la ONG Intermon Oxfam, en los últimos años cerca de 227 millones de hectáreas de tierra han sido acaparadas en el mundo. Como estos tratos van envueltos de mucho secretismo, la ONG sólo ha podido verificar 1.100 acuerdos por un total de 67 millones de hectáreas. La mitad de ellas se situarían en África, lo que significa que en este continente se ha acaparado una superficie de tierra similar al área de Alemania. Un reciente trabajo publicado por un grupo de expertos del Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de la FAO, avalaría estos datos al mencionar una cantidad de tierras acaparadas que oscila entre los 50 y 80 millones de hectáreas, situándose en África dos terceras partes del total.
Algunas instituciones como el Banco Mundial o la propia FAO intentan “humanizar” el despojo con la misma cháchara que llevamos décadas escuchando, es decir, aseverando que la inversión acarreará mejoras para las poblaciones locales (tecnología, infraestructuras, trabajo, seguridad alimentaria, etc.). Pero lo cierto es que cada hectárea destinada a la exportación es una hectárea menos para la producción local. Por si fuera poco, ya se han reportado decenas de miles de desalojos forzosos, explotación laboral, impactos ambientales o control sobre los recursos acuáticos para los regadíos intensivos de los acaparadores. Todo ello recuerden, está acaeciendo en países que frecuentemente sufren sequías y hambrunas.
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Por Vicent Boix
-Investigador asociado de la Cátedra “Tierra Ciudadana - Fondation Charles Léopold Mayer” de la Universitat Politècnica de València. Autor del libro El parque de las hamacas. Artículo de la serie “Crisis Agroalimentaria”, ver más aquí-
22 de noviembre de 2011
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Ya lo avanzaron las novelas y las películas de ciencia ficción. Repelentes extraterrestres con cuerpos desproporcionados que, gracias a un desarrollo tecnológico superior al del humano, invadían el planeta doblegando a los seres vivos con el único objetivo de expoliar los recursos y poder subsistir. La realidad, en verdad no dista tanto de la ficción, aunque los invasores no son precisamente grotescos siderales cobijados en grandes OVNI’s que viajan por constelaciones a la velocidad de la luz. De hecho, no hay ni que salir de la Tierra. Cierta élite de seres humanos, desde hace siglos invade y aplasta a otros más indefensos con el propósito “marciano” de robar sus recursos naturales y perpetuar su nivel de vida.
Es más cómodo mirar a otro lado, despreocuparse y pensar que la humanidad, con su raciocinio innato, acabará encontrando la solución a los problemas ambientales. Pero lo cierto es que la Tierra ya hubiera colapsado, si todas las personas del planeta consumieran recursos al ritmo que lo hacen los países con ingresos más altos. Esto aún no ha sucedido de forma irreversible y grave, porque el aparente equilibro ambiental se sustenta en un injusto desequilibrio social: una minoría económicamente más avanzada consume los recursos de la mayoría.
Esta es la conclusión tras ojear informes de la Global Footprint Network, organización que desde hace años se encarga de medir el impacto del ser humano en el medio ambiente. Lo hace elaborando un indicador denominado “huella ecológica”, que se expresa como la superficie necesaria para producir los recursos naturales consumidos por una persona. Aún tratándose de un indicador limitado, proporciona datos bastante elocuentes sobre la realidad ecológica a nivel nacional, regional o mundial.
Según un estudio publicado en 2010, la “huella ecológica” global era de 2,7 hectáreas por habitante. Por el contrario, la “biocapacidad” (recursos reales disponibles en el planeta por superficie y ciudadano) fue calculada en 1,8 hectáreas por persona. Es decir, de media, el ser humano está consumiendo una hectárea más de recursos de los realmente disponibles, lo que se traduce en una sobre explotación del planeta que puede tener consecuencias drásticas.
Lo curioso y triste a la vez, es que el 15% de la población, situada en naciones con ingresos altos, en conjunto consume 6,1 hectáreas por habitante cuando su “biocapacidad” es de la mitad. Si este patrón se repitiera a nivel mundial, sería perentorio conquistar otro planeta idéntico a la Tierra para poder expoliar sus recursos y mantener el ritmo de vida occidental. Por el contrario, la “huella ecológica” del 85% restante es prácticamente idéntica a su “biocapacidad”, o sea, la gran mayoría del planeta vive sostenible y respetuosamente con el medio ambiente. Sólo un 15% desequilibra la balanza, que mínimamente equilibra gracias al consumo de recursos ajenos.
La “huella ecológica” de un ciudadano de un país con ingresos medios o bajos es de 2 hectáreas, que resulta ser cuatro veces menor que la de estadounidense, cinco veces más pequeña que la de un qatarí y dos veces y media inferior a la de un ciudadano español, que necesitaría tres “españas” y media para poder satisfacer sus necesidades.
Según el Global Footprint Network, el pasado 27 de septiembre el planeta entró en déficit ecológico. Los recursos disponibles para este año fueron agotados en menos de 9 meses y los que se consuman hasta final de año son recursos que el planeta no puede producir, contaminantes que no puede absorber, etc.
A pesar de ello, ninguna autoridad política está interesada en poner límites a un modelo de crecimiento cimentado en la desigualdad y en la destrucción del medio ambiente. El asunto tiene mala pinta, a no ser que la NASA se espabilé y pueda construir naves espaciales que permitan la conquista de otros planetas como la Tierra. O eso, o levantar el pie del acelerador.

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Por Vicent Boix
-Investigador asociado de la Cátedra “Tierra Ciudadana - Fondation Charles Léopold Mayer”, de la Universitat Politècnica de València. Autor del libro El parque de las hamacas. Artículo de la serie “Crisis Agroalimentaria”, ver más aquí-
22 de noviembre de 2011
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¿Ha escuchado alguna vez la expresión “república bananera”? Seguro que sí. Incluso la habrá utilizado en algún momento para referirse jocosamente a una persona, situación o estado, más propios de un chiste que de la realidad. Ahora bien, lo que tal vez no sepa es que fue un escritor norteamericano, William Sidney Porter (O’Henry) quién en 1904 acuñó dicho término en su libro “Cabbages and kings” (“coles y reyes”).
Su biografía es muy curiosa. William laboró en un banco hasta que fue acusado de un desfalco. El día antes de su detención huyó de la justicia y sus huesos recalaron en la caribeña Honduras. Allí pasó unos años conociendo las peculiaridades y contradicciones tanto de los nativos como de unos emigrantes -yanquis sobre todo- que en aquellos lejanos parajes buscaban tejer su particular “sueño americano”. Una enfermedad de su esposa le obligaría a regresar premeditadamente a su país donde fue apresado.
La convivencia con criminales de diferente pelaje y su estancia en Honduras, inspiraron una floreciente carrera literaria que inició con “coles y reyes”; en donde brillante y sarcásticamente recrea la vida en el pequeño estado centroamericano. O’Henry fallecería en 1910 sin saber que la influencia de las transnacionales fruteras que inocente, graciosa y ficticiamente plasmó en su libro, con el paso de los años se convertiría en una cruel y triste realidad para los países de la región.  
Mientras él estaba encarcelado, en Honduras desembarcó un compatriota suyo, Sam Zemurray, quién se convertiría en magnate bananero por antonomasia y líder intelectual del “republicanismo bananero”. Llegó a controlar cientos de miles de hectáreas de bananos, medios de transporte, de comunicación, y sus tentáculos se expandieron por diferentes sectores productivos de varias naciones. Se acercó sigilosamente a políticos, dictadores y militaroides locales, a los que, dependiendo de las circunstancias engatusó, presionó, traicionó o tuvo en nómina. Dos veces de alió con mercenarios para orquestar sendos golpes de estado y su avaricia por controlar la tierra originó que tres países tuvieran disputas territoriales. Su trayectoria y visión del mundo se podría resumir en una frase que solía repetir: “En Honduras un diputado en más barato que una mula”.
A bote pronto, puede parecer que estos personajes forman parte del pasado exótico de naciones lejanas. Pero con el reciente póker de crisis (financiera, económica, ecológica y alimentaria) la historia parece volver a repetirse, al menos en sus capítulos más estrambóticos y deleznables.
Se sabe que los precios de la comida han aumentado, como sin duda crecerá la demanda de alimentos y agrocombustibles en un mundo que ya soporta a 7000 millones de habitantes. Los fenómenos extremos asociados al cambio climático (inundaciones, sequías, etc.) están alterando los patrones productivos agrícolas lo cual genera más incertidumbre. Y en lugar de buscar luz en este global desaguisado alimentario, algunos lo que han visto es un gran negocio. Ya se ha escrito sobre el reciente fenómeno del acaparamiento de tierras, por el cual inversores y estados han comprado o arrendado grandes superficies de terrenos especialmente en África, con el objetivo de poder controlar la producción futura de alimentos y sobre todo de agrocombustibles. Este acaparamiento ha originado que decenas de miles de personas hayan sido ya expulsadas de sus tierras y despojadas de sus medios tradicionales de subsistencia.
Entre toda esta fauna financiera, hay un personaje más propio de las novelas de O’Henry, pero que además de ser real, aspira sin complejos a suceder a Zemurray. Se trata de Philippe Heilberg, presidente de Jarch Capital, un fondo de inversión neoyorquino que está interesado en arrendar 800.000 hectáreas en Sudán del Sur (el estado más joven del mundo desde que se independizó en julio de 2011).
En su propia web, Jarch Capital reconoce que apuesta por las oportunidades de inversión en países débiles de África que pueden sufrir modificaciones en sus fronteras. Dicho de otra manera, Jarch se acerca cuidadosamente a las zonas en tensión, permanece a la expectativa y cuando finaliza el conflicto intenta penetrar para aprovecharse del nuevo y flagelado escenario político. Así hizo en Sudán del Sur. Primero estableció contacto con Paulino Matip, militar señalado de numerosas atrocidades durante la sempiterna guerra civil. Luego esperó los acontecimientos y ahora tocar recoger los frutos. El militar ya ocupa un cargo relevante en el nuevo estado y trabaja de intermediario y “asesor” para Jarch Capital.
Heilberg ha reconocido en los medios que olisqueó el dinero tras el desmembramiento de la Unión Soviética, y se dijo a sí mismo que la próxima vez estaría dentro. Ya se alió con personajes de dudosas credenciales en Etiopía, Nigeria y Somalia. Pero no se avergüenza. Se ve así mismo como un visionario y sin titubear afirmó en una revista que “Esto es África (…) Todoes una gran mafia. Yo soy como un jefe de la mafia.”.
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Agroquímico DBCP:  
Un fantasma en las bananeras del sur 
Vicent Boix Bornay 
Investigador asociado de la Cátedra Tierra Ciudadana – Fondation Charles 
Leopold Mayer, de la Universitat Politècnica de València
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