miércoles, 26 de enero de 2011

Rebelión en Egipto

Rebelión en Egipto, hay más de 1000 detenidos

Ni las cargas policiales ni la orden del Ministerio de Interior de Egipto de prohibir las manifestaciones contra el régimen del presidente Hosni Mubarak, en el poder desde hace 30 años, han atemorizado a los ciudadanos, que esta madrugada han jugado al gato y al ratón con la policía en las calles de El Cairo y de Suez y se preparan para vivir la tercera jornada de protestas.

Durante los enfrentamientos del miércoles murieron dos personas que se suman a los cuatro fallecidos (tres civiles y un policía) desde el lunes.
En las últimas horas la policía ha detenido a 500 personas, 1.200 según un grupo de abogados independientes.
Movilizados desde las redes sociales como Facebook o Twitter los egipcios pretenden seguir el ejemplo de Túnez, donde la revuelta popular ha acabado con el régimen del presidente Ben Alí.  "Los egipcios saldrán para luchar contra la corrupción, el desempleo, la opresión y la falta de libertad", ha escrito un activista en Facebook.  Los manifestantes preparan importantes protestas para el viernes, después de las oraciones. 
La oposición contempla esperanzada la llegada a Egipto de Mohamed El Baradei, premio Nobel de la Paz en el 2005 y exdirector del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), que sería un líder de talla internacional. Precisamente El Baradei ha explicado que vuelve a su país para apoyar las protestas porque "no hay otra opción". "Espero que las cosas no empeoren pero el régimen parece no haber entendido el mensaje", ha apuntado. A juicio de El Baradei, los egipcios no tolerarán más el régimen de Mubarak, ni por un periodo de transición.
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.www.resumenlatinoamericano.org
TUNEZ
Undécimo día del pueblo tunecino
No es por el paro, es por la dignidad
Por Alma Allende
El país desconocido, el que ha hecho la revolución, el que ha entregado 120 vidas en las protestas, no está en la avenida Bourguiba, donde los intelectuales festejan una revolución de la que se benefician y de la que se retiran, sino en la Qasba, enfrente de la sede del primer ministro. Ayer durmieron cientos de personas aquí, y ahora, a las 12 de la mañana, son miles los que siguen gritando: “nidal nidal hata iusqut el nitham”, “al yaum al-yaum tusqut el-hukuma” (“lucha lucha hasta acabar con el régimen”, “hoy hoy derrocamos al gobierno”). Han venido de todos las vastas afueras de Túnez, algunos han caminado durante tres días y muchos más se han quedado en el camino, en las carreteras bloqueadas por la policía. Es gente de carne y hueso, terrestre, erosionada por el viento, coloreada por el sol. Llevan más de un mes peleando y no ceden; y nada indica que vayan a ceder. Hoy sí, hoy las cosas se aclaran. Son francos, disciplinados, alegres. Son bárbaros puros, con sus lazos de 'asabiya -que diría Ibn Khaldun- y están aquí para impedir que la capital les robe o les malverse la revolución. Van a civilizar a los civilizados; van a refinar a los refinados.
Está hermosa la Qasba con sus pintadas en árabe subiendo por las paredes blancas; con las mantas y colchones amontonadas contra el muro, al lado de jóvenes tiznados -pero también madres- que descansan de la fatiga; con la pancarta enorme que declara la decisión de vencer o morir; con las banderas flameantes; con las fotos de los mártires nombrados ministros de la nación; con sus mil consignas garrapateadas en rojo sobre folios pegados en la pared; con los corros de pueblerinos ilustrados danzando sin parar -las kufiyas blanquinegras en la cabeza- para expresar con piernas y brazos su humeante dolor; y con toda esa excitación imperativa de jóvenes silenciados durante años que quieren contar su historia, trenzada ya en la historia del país. Es necesaria una revolución para apropiarse mentalmente de nombres hasta ahora desprovistos de materia y electrizar la geografía; ahí están Regueb, Kasserine, Sidi Bou Sid, Tela, Jendouba, Kef, Tozeur. “Nosotros somos los revolucionarios y no hemos acabado”. Es casi increíble pensar que estos hombres y mujeres despreciados, con un volcán de rabia en su interior, llevan en la calle días y días en un país sin control, con la policía desarmada, y no han causado un desorden, quemado un automóvil, linchado a un opresor. “¿Dónde están los terroristas?”, proclama un joven de Regueb, “trabajamos y al mismo tiempo hacemos la revolución”.
Hay algo siempre naif en la palabra “democracia” cuando la pronuncia un burgués que no se pregunta de dónde proviene su riqueza ni en qué fango se apoya su libertad. Pero hay algo enorme, grandioso, muy serio, emocionante y casi estremecedor en esa palabra gritada rabiosamente por jóvenes que sobreviven a ras de tierra. No hay nada de extraño en que sean pobres y no sean comunistas; lo extraño es que sean pobres y no pidan pan ni un rey bueno ni la intervención de Dios. Eso es lo que desearían nuestros medios occidentales y nuestros gobiernos colonizadores; eso es lo que esperarían los sociólogos y los misántropos. Pero hete aquí que estos bárbaros iluminados, algunos de los cuales no tienen ni siquiera carnet de identidad, se presentan en la capital, a pie o en sus camionetas abiertas, y exigen “democracia”. En un proceso que recuerda mucho a los primeros años de la revolución bolivariana, tienen la boca llena de “formas” que exigen un contenido, que no son compatibles con cualquier modo de gestión de la economía, que chocan con la hipocresía de nuestras instituciones europeas: democracia, constitución, gobierno del pueblo, dignidad.
Dignidad, dignidad, dignidad (karama, karama, karama), que es como decir trabajo, hospitales, cultura, decisión, palabra pública, respeto a sus propias creaciones. No han arriesgado la vida para que los pudientes de la capital tengan youtube y puedan hacer arte de vanguardia. “No nos robarán nuestra revolución”, dice una pintada en la plaza Ibn Khaldun; y saben muy bien que es su oportunidad. Han tardado 23 años -54- en movilizarse y conocen los riesgos de aceptar una tregua antes de alcanzar sus objetivos. “Es como andar en bicicleta”, recordaba esta tarde Mohamed al Che Guevara, “si dejas de pedalear, te caes”.
Hoy podría contar la historia de Mohamed Ayouni, en huelga de hambre desde el día 14; o la de Imed, que como tantos otros emigrantes ha regresado de Francia para sumarse a la revolución; o la de Aisar, sin trabajo desde 2005 por imperativo policial; o la de Kamel, 18 años ya sin papeles en su propio país; o la de Riad, al que el gobernorado de Gafsa declaró inválido para impedirle conseguir un empleo; o la de Hossni, cuyo hermano murió quemado en la cárcel de Monastir. Pero no. Me voy a limitar a traducir algunas de las consignas escritas en los papelitos de la pared, bajo el Ministerio de Finanzas; a reproducir el discurso de Sami, parado de 26 años, líder natural, inteligencia prodigiosa; y a incluir algunas fotografías de Ainara Makalilo, que estos días tiene el corazón en los ojos.
He aquí las consignas:
Somos mayores de edad: podemos elegir nuestro gobierno.
Los mártires de Qasserine han liberado Túnez.
Pueblo, libertad, dignidad nacional.
Gracias, Bouazizi, nos has recordado que tenemos dignidad.
La revolución empezó en Redeyev en 2008 (las revueltas en la cuenca minera).
Revolución de la dignidad; revolución de los jóvenes.
Asamblea constituyente.
Cayó el dictador, permanece la dictadura.
He aquí el discurso de Sami:
“Hacemos la revolución contra todos los símbolos políticos del régimen dictatorial. No nos digáis, no, que hay que evitar un vacío de poder, que estáis tratando de conducirnos poco a poco a la democracia sin traumas ni violencias. Soy de Sidi Bousid y en todos los pueblos del gobernorado la gente está siempre en la calle, en permanente manifestación, y no ha ha habido ningún problema. Hemos venido de todos los rincones de Túnez, miles de nosotros, y no ha habido ningún desorden. Los desórdenes los provocaba la policía. Somos civilizados. Somos los civilizados. No aceptaremos ningún compromiso. Es una cuestión de legitimidad y confianza. Ghanoushi y los suyos, incluidos los miembros del Tajdid y el PDP, no tienen legitimidad para gobernarnos. Y nosotros no tenemos confianza en ellos”.
“Esta es la revolución de la honestidad y la dignidad. Es nuestra revolución. Queremos una democracia real, no la falsa e hipócrita  democracia de los europeos que quieren darnos lecciones y apoyan a los dictadores. No admitiremos que nadie se aproveche de nuestra revolución ni que nos la roben en provecho de otros. ¿Si nos representa algún partido? Ese es precisamente el problema: los que hemos hecho la revolución en Sidi Bousid no estamos representados en el gobierno. Somos hombres y mujeres maduros, conscientes, nos representamos a nosotros mismos”.
“Claro que habrá que elaborar proyectos de contenido social, pero lo que ahora queremos, para poder precisamente elaborarlos y aplicarlos, es un gobierno de unidad nacional, independiente, soberano, y una asamblea constituyente que permita a todos las voces expresarse, elaborar programas, discutir soluciones. Nosotros no somos como los occidentales nos imaginan. No os equivoquéis: no nos hemos levantado a causa del paro; nos hemos levantado en defensa de nuestra dignidad. Estamos bien educados, pero somos pobres. Queremos una democracia de verdad. Y eso es precisamente lo que la UE, los Estados Unidos e Israel quieren impedir no sólo en Túnez sino en todo el mundo árabe, donde sigue gobernando Ben Ali”.
fuente: Rebelión

Fotos de Ainara Makalilo

   No nos robaréis la revolución
   Las familias de la caravana de la liberación
   Los revolucionarios se toman un respiro
   Hoy hoy hoy derrocamos al gobierno
   Las consignas en la pared del Ministerio de Finanzas
   Preparados para violar el toque de queda
Guevaristas de Túnez

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TUNEZ
¿Cae o no cae?
Por Alma Allende
Comenzamos el día con una prueba inquietante de que la revolución no lo puede todo y de que fuerzas irracionales siguen operando al margen de la lógica dominante de las cosas. Nuestro amigo Amín ha cogido la gripe.

Y sin embargo, la revolución puede con la tristeza, la melancolía, el mal humor, las tendencias suicidas. Mohammed cita el caso de un amigo al que su psiquiatra ha dado de alta después del 14 de enero, fecha de la caída del dictador. Inventamos un nuevo término, la “zauraterapia”, la revolución (zaura ) como terapia psicológica. Las movilizaciones, que se repiten un día más en el centro de la ciudad, están salvando cuerpos y almas.

Antes de dirigirnos de nuevo a la avenida Bourguiba nos reunimos en un hotel con Hamami Jilani, sindicalista en el sector de las telecomunicaciones y miembro dirigente del Partido Comunista Obrero de Túnez. Hamami, que es también sociólogo, no tiene la menor duda de que la presión popular va acabar por derribar el gobierno. ¿El recambio? Desde hace días, dice, hay diversas tentativas para formar coaliciones amplias que eviten el vacío de poder. Aunque el ejército es débil y Ben Alí lo mantuvo al margen de los entresijos palaciegos, como un cuerpo de técnicos muy despolitizado, su prestigio ha aumentado en los últimos días mientras que los partidos políticos, prohibidos y reprimidos, no han tenido ocasión de hacer llegar sus ideas a la población. Por eso es necesario actuar deprisa. Se espera que mañana mismo se anuncie la constitución del Frente 14 de Enero, que reunirá a un amplio espectro de fuerzas izquierdistas y nacionalistas hasta ahora divididas: el PCOT, los Patriotas Democráticos, el Partido del Trabajo Patriótico y Democrático, nasseristas, baazistas, trotskystas y pequeños grupúsculos de inspiración marxista. Ha sido imposible incorporar al Congreso de la República, de Moncef Marzouki, que estaría negociando por su parte algún tipo de alianza con el Nahda, el partido islamista de Rachid Ghanouchi, aún en el exilio. La fuerza decisiva, en todo caso, será la UGTT, el sindicato tunecino, al que el propio Jilani pertenece, que cuenta con 500.000 afiliados y cuyas bases han estado desde el principio movilizadas.

- Siempre ha habido dos “velocidades” dentro de la UGTT -dice Jilani. - La dirección no sólo ha colaborado con el régimen sino que se ha mostrado pasivo, cuando no cómplice, en la detención de muchos de sus afiliados más de izquierdas. Pero ahora la presión popular le ha obligado a seguir las directrices de las bases. La UGTT no convocó a la manifestación del 14 de enero; el día antes había acudido a la llamada de palacio y el día después aceptó formar parte del gobierno de coalición. Ha sido la presión desde abajo la que le ha hecho rectificar.

El programa del Frente 14 de Enero incluiría, como medidas inmediatas, el establecimiento de un gobierno provisional del que sólo se excluiría al RCD y la convocatoria de elecciones para una asamblea constituyente encargada de redactar una nueva constitución. Este gobierno se mantendría durante un año. Para alcanzar este propósito -añade- hay que continuar la presión popular.

- La presión implica dos elementos simultáneos: las manifestaciones en la calle y la organización de la vida cotidiana. Se han formado ya las llamadas “comisiones populares” o “consejos de defensa de la revolución” en todos los rincones de Túnez. Su misión inicial, la de proteger los barrios de las milicias benalistas, debe extenderse a la gestión de los servicios municipales para construir un nuevo modelo de gestión democrática popular. También en los puestos de trabajo. Muchos dirigentes de empresas, tanto estatales como privadas, han sido expulsados estos días por los trabajadores

Sobre la amenaza de las milicias, Jilani piensa que el peligro aún no conjurado procede de la Guarda Presidencial, un cuerpo enteramente opaco creado por Ben Alí, muy bien armado y compuesto de un número ignorado de elementos. Anoche volvieron a disparar en el Mourouj y siempre con el propósito de dañar el abastecimiento de la ciudad. Por lo demás, tampoco se conoce el número exacto de prisioneros políticos, algunos en cárceles secretas; ni está claro que se haya liberado a todos los que fueron detenidos la noche del 14 de enero y encerrados en el ministerio del interior.

- La mayor parte de los prisioneros políticos bajo el régimen de Ben Alí pertenecían a nuestro partido, el PCOT, o a los islamistas del Nahda, las únicas dos fuerzas de oposición real a la dictadura dentro del país y las que más sacrificios hicieron. No obstante nuestras diferencias irreconciliables, hay que reconocer el alto coste que han pagado los partidarios del Nahda durante estas dos décadas. También que desde 1987 su discurso se ha moderado muchísimo: aceptan la separación entre Estado y religión y el código de familia progresista de Bourguiba. ¿Lo hacen por pragmatismo, conscientes de su debilidad, o están realmente convencidos? Esta es la pregunta para la que no tenemos respuesta.

La perspicacia de Jilani en su análisis de la situación revolucionaria vigente contrasta con la ingenuidad a la hora de juzgar el papel de EEUU y la UE en todo el proceso.

- Les cogió realmente desprevenidos y por eso no han intervenido directamente. Ahora no tienen más remedio que operar a remolque de las fuerzas populares.

Por último, le preguntamos por las razones que explican, a su juicio, la potencia de una revolución popular que no esperaba nadie.

- Al contrario de lo que se dice, el movimiento no ha sido espontáneo o al menos mucho menos de lo que se cree. Las primeras manifestaciones en Sidi Bousid tras la inmolación de Mohammed Bouazizi demostraban ya su fuerte carga política: “El empleo es un derecho”, repetían las consignas, o “empleo, libertad, dignidad nacional”. Detrás estaba el trabajo sindical, puesto a prueba sobre todo durante las revueltas populares de la cuenca minera de Gafsa, entre enero y agosto de 2008. También se exagera -dice en respuesta a una pregunta nuestra- el papel de internet. En ausencia de libertad de expresión, facebook y el teléfono móvil han jugado un papel esencial, pero no son ellos los que han tumbado al gobierno.

(El tanque e Ibn Khaldun)

Antes de sumergirnos en la “zauraterapia”, hablamos también con Fabio Marchelli, abogado italiano vinculado a la organización Juristas Demócratas y que forma parte de la Delegación Euromediterránea de DDHH encargada de informar a la UE de las violaciones cometidas por el régimen de Ben Alí.

- Se debe crear una comisión de investigación -dice- que se ocupe de todas las violaciones cometidas desde 1957, con arreglo al modelo seguido en algunos países latinoamericanos.

Se ha reunido en estos días con organizaciones de DDHH, con el comité de apoyo a Gafsa y con asociaciones de mujeres. También con los representantes de los abogados, muy combativos en el último período (y que ayer expulsaron del palacio del Tribunal a un juez particularmente corrupto). La delegación fue recibida también por el ministro del interior, Ahmed Friaa, uno de los blancos de la ira popular.

- El ministro -dice Marchelli- se refirió a las protestas populares como una “revolución” y reconoció que su puesto es provisional.

Respecto a la posición de la UE durante la crisis, cree que su imagen ha quedado claramente lastimada por el sostén a Ben Alí de los gobiernos francés, español e italiano y que las instituciones europeas deberían apoyar ahora todos los cambios en favor de un movimiento democrático fuerte y organizado y con objetivos claros para el futuro inmediato.

Debería, sí, pero debería entonces -digo yo- negar su apoyo a Israel, a Argelia, a Egipto, a Jordania, a Arabia Saudí y a un largo etcétera de bribones y criminales. Y parece más probable que siga siendo incoherente con sus discursos que incoherente con sus intereses.

(Los libros prohibidos)

El centro de la ciudad sigue en revolución. Todos los días se renuevan las protestas y todos los días se producen pequeños cambios. Hoy las concentraciones comienzan de nuevo en la Avenida Bourguiba, donde a las 10 de la mañana, frente al ministerio del interior, hay ya en torno a dos mil personas. El gobierno, entre otras medidas tomadas a modo de placebo, ha decretado tres días de luto por los “mártires” que el propio gobierno mató y las banderas ondean en los edificios a media asta. Un cartel enarbolado por los manifestantes dice: “Ningún luto antes de que el gobierno caiga”. Se grita, se canta, se reclama la disolución del gabinete. La policía entra desde la plaza 7 de Noviembre y tiende un nutrido cordón de escudos y cascos para cortar la calzada en dirección a Mohamed V. Un grupo de manifestantes que irrumpe con gritos y cánticos desde el extremo opuesto empuja sin saberlo y por un momento el choque parece inevitable. Pero la disciplina por ambas partes es muy grande y, tras apoyarse un instante sobre el muro de uniformes negros, la multitud se gira y comienza a caminar hacia la Medina, sin dejar de gritar y cantar el himno nacional.

(Gloria a la revolución del 14 de enero)

En el boulevard quedan, como el día anterior, pequeños corros asamblearios y muchos signos desperdigados de cambio. Las pintadas, por ejemplo, en árabe y francés, que invocan la libertad desde las paredes o denuncian los crímenes del régimen. O la gente que se agolpa en el escaparate de la librería El-Kitab, que ha puesto a la venta La regenta de Carthago , el libro prohibido sobre la mujer de Ben Alí y su familia, y las obras del periodista opositor Ben Brik. O el extraordinario consumo -o exhibición supersticiosa- de periódicos en un país que despreciaba la prensa. O esa ocupación de los cafés de la avenida por parte de periodistas, intelectuales, artistas que se toman un café, se intercambian información, hablan sin bridas, antes de sumarse de nuevo a las movilizaciones. O esa señora de sesenta años, con aspecto de matrona de barrio, que se me acerca con naturalidad y me pregunta por la manifestación como si me estuviera preguntando por la parada del autobús. Frente a la catedral, la estatua del gran historiador tunecino Ibn Khaldun comparte tiernamente el espacio con un tanque en flor. La avenida Bourguiba, que siempre tuvo un aire sombrío -un aire retenido- tiene hoy la ligereza soleada de un día de campo. La atmósfera de esos sueños freudianos en los que uno se agacha a coger una moneda y ve otra al lado y luego otra y de pronto todo alrededor se ha llenado de monedas brillantes que no caben en las manos.

Así esta extraña dinámica de concentraciones volátiles. De pronto se vuelven a oír gritos y llegan los médicos, con sus batas blancas, insistiendo a voz en grito: “El dictador en Arabia Saudí y el mismo gobierno aquí”. Y se van. Y luego se oyen carreras y pasan a ritmo casi militar los trabajadores del transporte, que han abandonado sus vehículos y se dirigen coreando consignas hacia la Puerta de Francia. Y desaparecen.

La manifestación -se nos dice- se ha desplazado a la Qasba, a la plaza delante de la sede del Primer Ministro, y hacia allí nos dirigimos atravesando La Medina, extrañamente relajada sin la presencia de turistas. Es lógico ir a la Qasba: es ahí donde hay que hacer ahora la presión. En ese gran cajón formado por el ministerio de Finanzas, el Ayuntamiento, el Palacio de Justicia y el Primer Ministerio, algunos miles de personas hacen hervir sus carteles y sus banderas. Son ya las 14 h. y la multitud insiste, resiste, no se cansa: “Seguiremos luchando hasta derribar el gobierno”. Cuando el griterío o la espesura parecen aflojar, un nuevo grupo se incorpora desde detrás del hospital, con nuevas consignas y nuevos refuerzos; y luego otro desde el corazón de La Medina. Racimos de jóvenes cuelgan de las ventanas del primer ministro.

(Delante del Primer Ministerio en la Qasba)

Hacia las 14.30 ocurre una cosa increíble. Una mujer de cuarenta años se me acerca muy excitada, tira de mi manga con obstinación y me pide que la siga. Se ríe, se ríe a carcajadas. Yo al principio no entiendo nada o lo que entiendo me parece un delirio absurdo: “¡Un ministro sin coche! !Un ministro a pie!”. Y no puede dejar de reírse; se parte literalmente de risa mientras hace señas a uno y a otro, se excita, señala con el dedo. Allí está: es un hombre ligeramente panzón, calvo, de patillas blancas, vestido con chaqueta gris. Es Ahmed Brami, el ministro de Enseñanza Superior, líder de uno de los partidos de oposición ( Tajdid , Renovación) que aceptó tareas de gobierno y no ha dimitido. Está esperando el automóvil y trata de pasar desapercibido. La mujer está patidifusa; no se lo acaba de creer y se ríe como una niña: “¡A pie en la calle! ¡Un ministro y no tiene coche!”. Pero a los que reparan en él finalmente no les hace ninguna gracia. Veinte o treinta personas se le echan encima; forman un corro a su alrededor y se va estrechando amenazadoramente. Levantan los puños, le increpan: “Colaboracionista”, “traidor”, “dimite si no quieres ser cómplice”, “estás vendiendo a nuestro mártires”. Por un momento me temo lo peor. En una situación parecida, en cualquier otro lugar, habría sido atrozmente normal un linchamiento o, por lo menos, una agresión vengativa. Pero no en Túnez después de la revolución. El ministro intenta dar explicaciones, luego se acalora, intenta abrirse paso en el follaje. Algunos le empujan; otros, los más, piden calma. Y después de algunos forcejeos e insultos, el ministro se desprende de la tenaza, monta en un coche y escapa indemne.

(La policía se une al pueblo)

Pero lo más increíble ocurre hacia las 15 h.. De pronto desde la calle Bab Bnat, donde se encuentran los tribunales, sube un nutrido grupo de manifestantes en un coro de voces. Van vestidos de negro. Exhiben un carnet en la mano. Son, sí, policías que vienen a sumarse a las protestas. Cuando llegan a los aledaños de la plaza, donde se encuentran frente a frente los camiones militares y las furgonetas policiales, los recién llegados se mezclan con los ciudadanos, se estrechan las manos, se abrazan. Algunos de ellos se suben al techo de dos de los furgones y gritan: “Viva el pueblo, nosotros también somos hijos suyos”. Los enfervorizados espectadores aplauden y vitorean. Todos juntos cantan una vez más el himno nacional: namutu namutu wa yahi el-watan.

A mi lado, Amira llora.

Ahora sí parece el final. El régimen se desmorona. No queda nadie para defender al gobierno.

Pero no. Cuando llego a casa empiezo a pensar que lo he soñado. Busco en los periódicos y no hay nada; nada en los españoles, pero nada tampoco en Liberation o Le Monde, que estos días atrás han actualizado la información minuto a minuto. Seguramente lo han hecho por miedo o por un cálculo astuto, pero, ¿no es importante que una parte de la policía se una a los manifestantes declarando su ruptura con el régimen? Y me doy cuenta de que, al igual que una parte de la pequeña burguesía tunecina, cansada de tantas fatigas, los medios de comunicación occidentales se dan por contentos con los cambios producidos y buscan más bien frenar cualquier ulterior evolución. Hablan de las medidas tomadas por Ghanouchi en favor de la libertad, pero nada, o muy poco, de las manifestaciones contra él. No es que lo que no salga en las televisiones o los periódicos no exista; es que no produce efectos. Se puede fingir que no ha ocurrido. Los gobiernos no se sienten concernidos por las presiones sino por la atención que se les presta. Facebook -hormigueo de intercambios privados- tiene mucho menos poder que El País o The New York Times, que pueden convertir en un hormigueo de intercambios privados una sublevación policial a favor del pueblo enfrente del Primer Ministerio, en una plaza pública bajo el sol.

Yo creí haber vivido un momento “histórico”, como les gusta decir a los coleccionistas de sobresaltos, y sólo había entrevisto el descarte de un periódico.

¿Hamami Jilani se equivoca? ¿No habrá ruptura? ¿No caerá el gobierno?

Como todo es todo el rato sorprendente, no hay que sacar conclusiones. La gripe existe, es verdad, pero el pueblo tunecino es sólo un bebé de apenas ocho días.
¡La revolución de la dignidad!

Sadri Khiari
Indigenes-republique.fr
Traducido para Rebelión por Caty R.

Hoy, como todos los días desde la huida de Zine el-Abidine Ben Alí, me he hecho veinte veces la misma pregunta: ¿Cómo explicar una sacudida tan profunda en Túnez –famoso por su «estabilidad»- y la caída repentina de quien llevaba las riendas con mano de hierro?

Hay miles de explicaciones posibles. Pero me quedo con una. La más importante desde mi punto de vista: el poder de la camarilla mafiosa que rodeaba al presidente depuesto no se basaba en ningún mecanismo de consenso o de consentimiento. En otras palabras, carecía de cualquier autoridad moral sobre la población. Y ningún sistema político puede resistir a una ausencia absoluta de autoridad moral. Incluso entre los sectores privilegiados de la población, incluidos los que se beneficiaban directamente del régimen de Ben Alí, él mismo, su esposa o sus allegados sólo suscitaban el temor y el desprecio más absoluto.

Desde su llegada al poder en noviembre de 1987, Ben Alí se dedicó a construir una gigantesca maquinaria de represión, de divisiones, de control y de clientelismo de la población. A veces se hablaba en los periódicos franceses de la detención de militantes políticos o de dirigentes sindicales, de la tortura practicada a los opositores, de las intimidaciones brutales cuyo objetivo eran los defensores de los derechos humanos. Pero lo más importante de la actuación policial estaba en otra parte: afectaba a la mayoría de la población sometida a una presión policial constante, la de los servicios del ministerio del Interior, por supuesto, pero además la de las múltiples milicias no oficiales, como la de la de la Unión Constitucional Democrática (RCD), que no es un partido como los demás, sino un anexo del Estado encargado de dividir, vigilar, castigar, sobornar, corromper o chantajear a cualquier persona de cualquier ámbito social. A esas instituciones hay que añadir las estructuras de la administración, la cual se supone que está al servicio de los ciudadanos y sin embargo sólo servía, hasta ahora, como transmisora del poder y de las directrices de las cumbres del Estado. En otras palabras, dichas estructuras han desempeñado el papel de órganos de represión, división vigilancia y sometimiento. El funcionamiento del ministerio de Justicia es ejemplar en este sentido.

No se trata de acusar a todos los funcionarios, la mayoría del tiempo buenos ciudadanos mal remunerados que trabajan en condiciones desastrosas y están sometidos ellos mismos a la omnipotencia de sus superiores. Se trata de señalar la capacidad del sistema policial para convertir a todos y cada uno en cómplices y en la voz de su amo.

Que nadie se confunda: la mecánica policial y burocrática establecida por Ben Alí no tenía como único objetivo suscitar el miedo y la obediencia. Tenía la finalidad, mucho más perniciosa y mucho más eficaz que el miedo, de asesinar en cada individuo aquello que le hace humano. Ben Alí construyó un inmenso aparato destinado a romper la dignidad de los tunecinos; desarrolló una formidable tecnología de la indignidad. El compromiso o incluso la complicidad, la corrupción, los miles de chanchullos vergonzosos a menudo imprescindibles para sobrevivir o simplemente para vivir en paz, fueron, entre otros, los mecanismos de la construcción sistemática de la indignidad. El absoluto desprecio del poder hacia el pueblo necesitaba que toda la sociedad lo sufriese en primera persona y todas las personas lo sintiesen por sus semejantes y por sí mismos.

Repito: la represión y el miedo nunca habrían bastado para preservar un poder que no disponía de ninguna autoridad moral. A falta de una legitimidad de esa naturaleza, Ben Alí y su banda de delincuentes hicieron otra elección: destruir la moral, romper la solidaridad, abolir el respeto, generalizar el desprecio, humillar, humillar y seguir humillando. No sois nada, nunca seréis nada, hombrecillos, ése es el mensaje social y moral del régimen de Ben Alí. Bourguiba, aceptablemente elitista, consideraba que los tunecinos no eran más que «partículas de individuos» que él se encargaría de convertir en una nación. Ben Alí hizo la apuesta contraria, convertir la nación en partículas de individuos. Esa apuesta ha fracasado porque la nación rechazó convertirse en partículas. El lodo del palacio de Cartago nunca consiguió sumergir al conjunto de Túnez.

Desde mi punto de vista hablar de la miseria, las dificultades sociales, la necesidad abstracta de libertades democráticas o incluso de la represión como simple fábrica del miedo o de la sumisión, sólo permite comprender una pequeña dimensión de los acontecimientos que se desarrollan desde hace un mes en Túnez. Mohamed Bouazizi no se suicidó de una forma tan horrible por la simple razón de que no tenía trabajo y un agente municipal le prohibió ganar unos centavos vendiendo verduras. Se prendió fuego porque, escupiéndole a la cara, ese funcionario le repitió lo que el régimen de Ben Alí nos decía todos los días: sólo eres una mierda de perro; ¡Puedo hacer contigo lo que yo quiera! Bouazizi, muy ciertamente, estaba harto de ser pobre, muy pobre. No podía soportar haber dejado de ser un ser humano. Descanse en paz; todos pensamos en él; todos nos identificamos con él, incluso cuando algunos de nosotros tenemos un trabajo y vivimos cómodamente. La fuerza motriz de la revolución tunecina no tenía otro objetivo, al derrocar al tirano, que devolver a Bouazizi la dignidad que le negaron.

¿Los tunecinos han reivindicado aumentos salariales? ¿La libertad de prensa? ¿Nuevas leyes? No, en primer lugar han expresado su dignidad; han afirmado que su dignidad exigía la salida de Ben Alí. Y lo han conseguido. Si Ben Alí lo hubiese entendido no habría perdido su tiempo haciendo concesiones que sólo eran concesiones desde su punto de vista: las bajadas de precios, el acceso libre a Internet, las elecciones y finalmente su renuncia ¡Dentro de tres años! Grotesco. Lo que estaba en juego era su cabeza ¡Y de inmediato!

¿Ya ha acabado todo? Por supuesto que no. La efervescencia revolucionaria no se ha extinguido. Por todas partes la dignidad sigue luchando contra la indignidad. El pueblo tunecino ya no está compuesto por individuos que resisten, mal que bien, para preservar su cualidad de seres humanos; es un cuerpo colectivo al que horroriza la idea de que los hombres del régimen de Ben Alí y algunos políticos, impacientes por repartir la tarta del poder, le priven de su victoria. El pueblo tunecino sólo confía en sí mismo y tiene razón. El segundo acto de la revolución tiene como desafío la disolución de las instituciones establecidas por el antiguo presidente –en primer lugar el RCD- y la elección democrática de una asamblea constituyente que devolverá al pueblo la soberanía política de la que está privado desde hace decenios. Después, ya veremos. 

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