sábado, 21 de diciembre de 2013

MASACRE DE LA ESCUELA SANTA MARIA DE IQUIQUE (CHILE)

MASACRE DE LA ESCUELA SANTA MARIA DE IQUIQUE (CHILE)

Este 21 de diciembre de 2013 se cumplen 106 años de la peor masacre perpetrada en suelo chileno por gobiernos y corporaciones extranjeras actuando en conjunto, superior incluso, en número de víctimas, a la perpetrada por las bandas pinochetistas.
Sucedió en la ciudad-puerto de Iquique. Algunos historiadores establecen en 3.500 los asesinados, entre obreros y familiares; otros elevan al doble o el triple esa cantidad. La historia oficial habla sólo de algunos cientos. El gobierno de la época ordenó que no se confeccionaran las actas defunción y que los cadáveres fueran enterrados en una fosa común.

Por los ’70 Quilapayún editó un disco completo titulado Cantata de Santa María de Iquique resumiendo magistralmente aquéllos hechos padecidos por los obreros del salitre de la pampa chilena –los pampinos- que comprende la región desértica de Atacama. 
Estuve en Iquique en el año 2009. La escuela, que ocupa una manzana completa, estaba completamente abandonada, sólo habitada por algún que otro vagabundo. Algunos vecinos especulaban que sería demolida pronto. La plaza Montt, frente a la escuela, desde donde se inició la matanza fue reemplazada por un mercado, en vano intento de borrar la historia quitando vestigios físicos, como ha venido sucediendo desde la conquista, construyendo la catedral católica donde antes se levantaba palacio de Viracocha, legendario fundador del incanato; el templo del sol, el más venerado santuario autóctono, convertido en convento de los dominicos o transformando el palacio de Huayna Cápac, padre de Atahualpa y Huáscar, en convento e iglesia de los jesuitas.

La huelga se inició en los cientos de salitrales similares al que hoy puede visitarse en el museo de Humberstone (Chile) que culminó con una marcha hacia la ciudad de Iquique.

"Caliche" (Héctor Sanhueza): “¿Qué pedìan los obreros en huelga? ¿Pedían acaso una monstruosidad? ¿iban en pos de alguna cosa injusta? ¿Pedían acaso una exageración?
Los obreros del salitre hicieron ver a sus patrones que su salario actual (en 1907), en billetes chilenos, había bajado casi a la mitad en el breve espacio de tres años y aún mucho más tomando en cuenta el precio de la vida. El obrero que ganaba 5 pesos al día con el cambio a 16 peniques en 1904 y que en 1907 ganaban los mismos 5 pesos con un cambio casi ya a 8 peniques indudablemente su salario estaba rebajado en la mitad y aún más.
Al contrario ocurría con el beneficio que reportaba a los capitalista salitreros, pues el costo de producción del salitre era así mucho más barato, produciéndole una utilidad casi doble de la de tres años atrás, sin tomar en cuenta que el precio del salitre había mejorado en el mercado europeo.
Así el obrero salitrero a fines de 1907 llegaba al extremo de la miseria, con un salario reducido a la mitad y ¡sarcasmo del cinismo burgués!, el precio de los alimentos que el mismo patrón vendía ¡Elevado a pretexto de la baja de cambio!…

Reconocida esta explotación por casi todos los trabajadores del salitre, solicitaron de sus patrones el cumplimiento de un convenio existente por medio del cual los capitalistas se obligaban a elevar los salarios cuando e l cambio internacional hubiere bajado de 14 peniques; como obtuvieron la negativa se declararon en huelga y se encaminaron desde la pampa hacia Iquique para solicitar ¡cándidos! la mediación amistosa de las autoridades e influir más de cerca entre los gerentes de las empresas para que atendieran tan justísimas aspiraciones.
Mientras los obreros esperaban sonrientes que el triunfo de su causa viniera pronto y confiaban en su unión y en su disciplina, en su abnegación y en la justicia de la causa ¡en los sombríos consejos del gobierno se resolvía la solución de este problema bajo la acción de las armas, bajo la acción de la muerte!”

EL TRASFONDO POLITICO EMPRESARIAL
(Luis E. Recabarren)
“Hay un rumor público ya, que cada día se aumenta más, que a mí no me consta, pero que lo creo, porque los hechos dejan lugar a ello. Ese rumor es el siguiente:
El gobierno convocó a mediados de diciembre de 1907 a un consejo de notables al cual asistió una representación de todos los partidos burgueses. En esta reunión se trató la cuestión de la huelga de Iquique y el gobierno expuso ante los concurrentes que obraba en su poder la respuesta que los salitreros daban a los huelguistas, que era negativa a sus peticiones, y que no se comunicaba a los interesados por temor a desórdenes y mientras el gobierno no tomara las medidas del caso.
Los salitreros contestaban que no podían acceder a las peticiones de los huelguistas y que si el gobierno no les amparaba, ellos preferirán cerrar sus establecimientos y paralizar la producción del salitre. Esta amenaza, que no era sino un ardid, fue la base de discusión en aquél notable consejo de burgueses que consideraron la amenaza capitalista como un peligro para los intereses feudales y particulares de ellos mismos, interesados directamente en los negocios salitreros.
Entonces allí, en ese solemne consejo de notables, se resolvió la macabra conducta que debía observar el general Silva Renard y hasta se dice que éste exigía del gobierno una orden en blanco para salvar sus futuras responsabilidades.
Por eso el crimen burgués de Iquique merecerá la eterna condenación del pueblo, porque ese crimen fue el fruto deliberado fríamente en una conspiración burguesa contra el pueblo.
Grande fue el costo que tuvieron que pagar los explotados en Chile por hacer valer sus derechos, por reivindicaciones tan simples como un salario justo y condiciones de vida dignas. En esta gran lucha social, un papel destacado jugaron los trabajadores del salitre, no solamente por haber puesto la mayor cuota de sacrificio sino además por haber formado las primeras grandes organizaciones sociales, por el alto nivel de conciencia desarrollado que se expresa, por ejemplo, en que en cada pliego de peticiones que levantaban, los trabajadores del salitre reivindicaban el derecho a la educación gratuita, cuestión que hasta nuestros días es una reivindicación pendiente.

“Dia 20 (desde la Escuela Santa María de Iquique, relato de un dirigente escapado): No obstante lo incómodo del alojamiento, que ya se hacìa estrecho, nadie desmayaba y con entera resignación esperaban las solución de conflicto porque se consideraba finiquitado amistosamente, haciéndose las justas peticiones elevadas a los patrones con anuencia e intervención del señor intendente interino. Las banderas se enarbolaban con los lemas “Orden y Moralidad”, “Jornal al tipo fijo de 18 peniques”…
Se gestionó entonces por las autoridades que cambiáramos de alojamiento, concediéndosenos al fin el Hipódromo, lugar apartado de la ciudad y próximo a la ribera del mar. Convencidos en que aquello era una celada que se nos tendía para exterminarnos con las armas o para rendirnos por hambre y sed sitiándose en aquel recinto rehusamos la oferta por considerarnos seguros en el centro de la ciudad, pensando que habría sido una injusticia y además una imprudencia temeraria y un atentado contra el libre ejercicio del derecho escrito en la Constitución del Estado.
El día 21 llego don Abdón Diaz, al que el intendente enviaba para que citase a todo el directorio de la huelga para comparecer a la Intendencia. Comprendiendo la celada, se le contestó que el directorio tenía sus temores y que podía el intendente mandar una comisión para tratar con el directorio. Momentos después llegó el cónsul peruano a pedir a sus paisanos que se retiraran de ese recinto porque creía que la autoridad se disponía a tomar medidas extremas contra la huelga.
En ese momento usó de la palabra un delegado, contestando al cónsul: “Aquí todos somos obreros y las distintas nacionalidades argentinas peruanas, bolivianas y chilenas forman una sola masa para hacer una petición ordenada y justa. Inmediatamente de retirado el cónsul asomó el ejército por la bocacalle de Latorre, apostándose fuerza de caballería en las cuatro esquinas de la Plaza Montt permitiendo entrar al que quisiera e impidiendo la salida de los de adentro. La infantería y marinería tomó colocación al frente de la escuela y a unos treinta metros de distancia, abocando hacia la masa de huelguistas sus ametralladoras. Se mandó preparar armas y luego se aproximó hacia nosotros un jefe montado, ordenando que bajase el directorio que se hallaba en la azotea de la Escuela Santa María.
Llegó un jefe militar y luego otro y como yo no pudiera oir de lo que se trataba me subí por los techos pero ya cuando el último jefe se había retirado. Acto continuo se hicieron dos descargas cerradas con puntería fija a la azotea y en seguida entraron a funcionar las ametralladoras.
A la primera descarga se izó una gran bandera blanca pero no se hizo caso de ella y vino la segunda descarga, cayendo algunos muertos y varios heridos. Siguieron a las descargas el funcionamiento de ametralladoras con puntería fija a la masa del pueblo agrupada detrás de la reja de la escuela, haciéndose una matanza horrorosa de obreros y cayendo también algunas mujeres y niños que se habían situado en la acera de la escuela con venta de empanadas y otros comestibles. Una de esas mujeres, que tenía una criatura en los brazos, cayó también traspasada por los proyectiles de las ametralladoras, juntamente con la criatura. Mientras funcionaban las ametralladoras me dejé caer desde la altura a un patio interior y considerando que pronto entrarían los soldados a hacer un repaso pretendí salir de la escuela dirigiéndome a la puerta de salida que da a la calle Amunátegui, pero no pude porque estaba resguardada por la caballería. Me dirigí a la puerta principal que da a la Plaza Montt y me encontré con una ruma inmensa de cadáveres de moribundos y de heridos, me devolví al interior para salir entonces por la otra puerta que da a la calle Barros Arana, por donde vi que salía a la calle una multitud compacta de sobrevivientes y me plegué a ella. De repente retroceden los de afuera y ya no se puede salir. Siento voces que dicen “pongan bandera blanca” y me devuelvo a la azotea donde me acordé que había media pieza de lienzo; corté un gran pedazo y lo pasé a otros para que le colocaran como bandera. Bajé corriendo y vi que salían muchos obreros y yo también logré salir por ahí hacia la plaza hasta encontrarme a dos pasos del general fratricida. Varios que estaban cerca de mí me dijeron al oído que no mirase para el lado porque me podía reconocer. Confiaba en que él no me había visto pero acepté igualmente que me cambiaran el sombrero y me pegaran en el lunar de la mejilla un pedazo de papel ensangrentado. Pronto mandaron desfilar por la calle Barros Arana por donde nos llevaron custodiados por la fuerza armada… yo miraba si había una puerta abierta para entrarme, pero desgraciadamente estaban todas cerradas y no se sentían ni rumores de los habitantes, como si se tratara de una ciudad despoblada.
Al que se separaba de la fila lo mataban de un lanzazo. Así fue muerto un muchachón boliviano al llegar a la calle de Bulnes, entrándole la lanza por la nuca que le destrozó el cráneo, quedando el sombrero ensartado en la lanza. Más adelante se apartó otro obrero, que fue muerto por otro lanzazo que los traspasó de parte a parte, entrándole la lanza por el espinazo y matándolo en el acto. A medida que avanzaba el desfile, estas dos víctimas tiradas en el lugar en que cayeron, eran vistas por todos los desfilantes, comprimiendo un grito de protesta.
Por fin salimos fuera de la población y perdí la esperanza de vivir, porque tenía conocimiento que en el hipódromo me habían de buscar como mienbro que era del directorio, para asesinarme.
Resignado a mi suerte, distribuí el dinero que llevaba como tesorero que era del directorio, dándoles equitativamente a todos los que iban cerca de mí. A llegar al hipódromo oí que decían “viene el registro” y yo dije para mí: se acerca la hora en que debo ir a hacer compañía a los que acababan de caer ametrallados. Pronto se extendió un cordón de comisionados y soldados, desconocidos para mí, respiré con esto y abrigué esperanza de salvación. Terminado el registro nos hicieron retroceder, colocándonos al frente de las tribunas como un piño de corderos rodeados por dos filas de soldados y una batería de ametralladoras.
Amaneció por fin el día 22. Se nos ordenó desfilar hacia el cerro observándose en la altura varios trenes que subían. Me volvió la confianza de vivir porque desde la pampa podría burlar fácilmente las persecuciones de la que éramos objeto directores y delegados. Llegamos a la línea y se nos dio orden de subir a los trenes. Así terminó la jornada en la que me tocó tener la vida en un pelo, escapando con dificultad y dejando mi familia abandonada y sumida en la desesperación por mi prolongada ausencia. Van ya diez meses transcurridos desde el término de la más justa de las huelgas y de la más infame carnicería, sólo porque pedíamos, respetuosos, un destello de justicia.
Con pesadumbre veo todavía que la saña capitalista y oligarca de ese Chile, aun no se sacia, y se complace con mantenernos en la proscripción a unos, encarcelados a otros, en el otro mundo a un millar de víctimas, sin que la justicia se pronuncie, en ese eterno proceso que habrá de conservarse para vergüenza eterna de los explotadores y tiranos.“ (José S. Morales, Uyuni, Bolivia, Octubre de 1908.)

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