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Leela aquí hasta el capítulo 11 |
11
Ahora que escribo esto, en mis días finales aquí adentro, mientras el primo sigue metiéndose más y más en el barro de su misterio, con el que me ensucia y me salva, no puedo dejar de pensar las maneras lingüísticas de las que cotidianamente nos asimos para sostener lo más calma posible una respiración. Es muy frecuente, por ejemplo, desear a alguien querido o conocido, ante algo que se va a hacer o emprender o, simplemente porque seguirá viviendo, suerte. Decimos: “¡Qué tengas suerte!” olvidando a veces explicitar si de la buena o de la mala, como si dejáramos librado a los astros, o al mercado, y sus combinaciones o conspiraciones, la potencia, intensidad y orientación de la misma. Claro está que entre una y otra hay diferencias. No es lo mismo una suerte inspirada en la energía de los astros que en la energía atómica. O por la combinación de Venus con Júpiter que la de la supranacional Telechina con el resignificado City HSB Bank y la petrolera Freedown Oil de la alianza Árabe- China. O por las hondas que recibes de quienes te rodean, o la que te venga de quienes te contratan para tal esclavitud profesional. Ver capítulo entero.
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